El tiempo es implacable y no da razones

Valentina Vascur, Temuco, Chile

Este fin de año me hice amiga de un fotógrafo; mi primer amigo fotógrafo. Fue un encuentro sin mayor planificación, bastante echado a la suerte. Vi sus fotos por Facebook y me parecieron increíbles. Nunca había visto fotos tan hermosas de Temuco, esa ciudad fría, impersonal y grisácea que tanto me ha costado valorar. Su sensibilidad era tal, que me sentí hasta orgullosa de haber nacido en un lugar como ese; me hizo sentir como en casa. Eran lugares tan comunes a mí, tan cercanos, esos lugares por los que siempre pasé, pero que nunca valoré hasta que los vi a través del lente de mi amigo.Por primera vez le escribí para agradecerle por las fotos y le expliqué el grato efecto que produjeron en mí. El contestó agradeciendo de vuelta, pues dijo que comentarios como el mío dignifican su trabajo que es, a veces, bastante ingrato. Mi regreso a Temuco se acercaba, así que decidí volver a escribirle, pero esta vez sería para invitarlo a un café. El aceptó de inmediato y me hizo saber lo expectante que estaba por nuestro encuentro. Nos encontramos una tarde lluviosa, muy temuquense, y muy propicia.Lo llamé al celular y el me hizo seña desde la entrada del café. Nos saludamos con un abrazo espontáneo. Resolvimos ir al Club Radical, restaurant barato donde van viejitos chicheros. Mi nuevo amigo tenía más de 60 años, era calvo, estaba completamente vestido de negro y andaba con un bolso gigante donde llevaba su cámara. Nos sentamos a conversar y la complicidad fue inmediata. Charlamos horas sobre nuestras vidas, como si nos conociéramos desde siempre. Mientras lo escuchaba pensaba si dedicara mi vida a escuchar historias apasionantes como ésta, viviría feliz.Hijo de un funcionario de Ferrocarriles y una dueña de casa, entró a estudiar Matemáticas “puras” en una de las Ues más prestigiosas del país y sólo por rebelarse contra sus padres. Mimado e hijo menor, igual que yo. También fue militante del MIR y víctima de las atrocidades de la Dictadura Militar. Sus pequeños relatos sobre ese momento en particular de su vida, me hicieron estremecer. Me contó que en conjunto con unos amigos decidieron vestir de luto por el resto de sus vidas, en recuerdo de sus compañeros muertos y desaparecidos.Su encuentro con la fotografía comenzó en su época de adolescente, en el colegio. Un cura necesitaba a alguien que quisiera aprender y él se ofreció de voluntario. Comenzaron a sacar fotos en matrimonios, misas y encuentros de ese tipo. Esto se transformó en negocio, tan buen negocio que al tiempo terminó ganando más dinero que su propio padre. Su maestro le enseñó todo lo que sabía y con el tiempo se volvió bastante erudito en la materia. La gran crisis vino con la era digital y sus cámaras. Tuvo que re-aprender todo sobre fotografía y su nueva tecnología. Me dijo algo con mucho sentido: puede que tu vida no gire en torno a la fotografía, pero si será una gran herramienta.A lo largo de esos relatos íbamos sintiendo que nuestro encuentro era una casualidad cósmica, un milagro del azar. Nos sentimos tan afines, en confianza y complicidad. Ambos terminamos agradeciendo por el momento.Le conté sobre mi vida, mi crianza media religiosa-indígena, mi experiencia lejos del país y todo lo que se me dio la gana compartirle. Luego le mostré mi portafolio con mis incipientes fotos y mis poemas. Respondió reconociendo mi sensibilidad e intencionalidad en cada detalle. Me dijo que independiente de la calidad de la cámara, para sacar buenas fotos tenía que funcionarnos algo en el “coco” (la cabeza) y que las fotos no se sacan, se HACEN. Hace poco lo habían contactado para fotografiar el último Guillatún de una Machi que había decidido retirarse, mi modesto amigo reconoció este hecho como una de las más grandes legitimaciones de su trabajo.Esa tarde soñamos demasiado y cerramos nuestro encuentro con una captura en blanco y negro. También planeamos un montón de panoramas: Iríamos a hacer fotos a la Feria, prometió que visitaríamos a su amigo el poeta Elicura, por quien tengo profunda admiración, y que finalmente pasearíamos por su bosque. Nada de eso se concretó, y aquí viene la parte frustrante y triste de la historia: las tres semanas de mi viaje se hicieron nada entre visitas, protocolos, citas médicas y demás obligaciones. No hubo tiempo. El trató de comunicarse conmigo varias veces, pero sólo quedaron llamadas perdidas registradas en mi celular. El tiempo es implacable y no da razones pensé, y sigo creyéndolo. Mi frustración con el viejo fotógrafo fue la misma que con mi mejor amiga y con varias personas con las cuales me pesa no haber alcanzado a ver de nuevo. Nuestra última conversación dejó entrever que los años no pasan en vano en la vida de nadie. Sabiamente me dijo algo así como que en la vida las cosas son como son, y no como uno quiere que sean. Sé que ambos esperamos volver a encontrarnos y llevar a cabo nuestros planes. Y yo que pensaba que dentro de esta ciudad escondida entre cerros sureños, donde nunca ocurre nada, iban a escribirse historias tan intensas.

 

(Valentina Bascur es de Temuco, Región de la Araucanía en Chile y en la actulidad se encuentra estudiando Sociología en Brasil. En Temuco forma parte de una comunidad cristiana que se reune en hogares)

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Comentarios: 4
  • #1

    Lucia Pérez (viernes, 22 febrero 2013 21:01)

    Recuerdo cuando me contaste esta historia, Vale, el mismo día en que compartiste conmigo fotografías y versos de tus días allá, lejos de casa. Qué agradecida yo!
    Si bien el tiempo es implacable, creo que las cosas suceden cuando es el tiempo preciso. Espero que puedas tener esos tiempos con Hector y Elicura, en el bosque azul!! Mientras tanto, a seguir fotografiando allá en Brasil!!

    Un abrazo, pequeña gran mujer!!
    Y un saludo a todos/as quienes pasan por aquí... vamos a ir compartiendo historias!!

  • #2

    valentinapaz (sábado, 23 febrero 2013 18:31)

    Lucía!! que sorpresa encontrarnos aquí.
    Gracias infinitas! Siempre siento a la distancia el abrazo de ustedes, mis amigos.

  • #3

    Ricardo (sábado, 30 marzo 2013 14:52)

    Peke, agradecido por tu fotografía del encuentro plasmado es esas líneas. No dejo de pensar en la letra de Leo " cada segundo que pasa es un sueño, que muere con flores del atardecer. Los vez pasar y te nublan la vida; Viejos amigos que no volverán"
    Te quiero mcuho!

  • #4

    Pablo Rivera Obando (jueves, 22 agosto 2013 15:11)

    Hay que vivir la vida a concho, y saber disfrutar los momentos; ojalá, aprender.

    Saludos, Vale.